Mi paisano, el archidonés Miguel Lafuente Alcántara, en el capitulo XI de su obra Investigaciones sobre la Montería y demás deberes del cazador, publicado en el año 1877, nos da a conocer un catálogo de los “Libros de caza compuestos en España desde la formación del lenguaje castellano hasta nuestros días”, y nos dice que su propósito es “hacer algunas observaciones sobre el mérito de estos preciosos y casi desconocidos monumentos literarios”. En nuestro caso lo trasladamos a una de las modalidades de caza tradicional con más arraigo en nuestra geografía nacional, como es la caza de la perdiz con reclamo.
El primer libro comentado sobre esta modalidad de caza no puede ser otro que nuestro Don Quijote de la Mancha. En el siglo XVI, en España, Miguel de Cervantes se aventura, en contra de corriente (como siempre, pues, “con la iglesia hemos topado”), y nos presenta a Don Diego de Miranda como un iniciado hacia el camino de la simplicidad: sin secretos, ni ocultismos, practicante del cristianismo primitivo y con una visión nueva sobre la existencia del ser humano. Él mismo se presenta a nuestro Don Quijote de la siguiente forma:
“Yo, señor Caballero de la Triste Figura, soy un hidalgo natural de un lugar donde iremos a comer hoy, si Dios fuese servido. Soy más que medianamente rico y mi nombre, don Diego de Miranda; paso la vida con mi mujer y mis hijos y con mis amigos; mis ejercicios son el de la caza y pesca, pero no mantengo ni halcón ni galgos, sino algún perdigón manso o algún hurón atrevido.”
Otro caballero, el del Verde Gabán, es cazador de perdiz con reclamo y humanista en su tiempo: el personaje más equilibrado de la obra de Cervantes, aunque Don Quijote está más cuerdo que otros de su época, pues siempre la utopía ha sido el motor de la historia. Además, son varias las veces que en el Quijote se trata sobre la actividad cinegética, incluso el Caballero de la Triste Figura era cazador, pero su caminar en las hazañas heroicas le tenían apartado de su práctica.
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